Este es un post de invitada escrito por Cristina, autora del blog Cristina Hortal.

Cristina es una mujer consciente fascinante con una historia digna de admiración y que muy pronto conocerás.

Para mí, Cristina es el prototipo de mujer coraje, ese tipo de mujer que saca toda la fuerza de su interior para sanarse a sí misma y llegar a convertirse en su mejor versión.

Estoy muy feliz de que se haya animado a pasarse por el blog y contarnos su historia. Una historia muy singular y poco corriente, pues ella utilizó el viaje para abrazar su dolor y transformarlo, en vez de seguir huyendo de él.

¿Y sabes que pasó? ¡Que la magia apareció en su vida!

¿Quieres conocer su inspiradora historia?

¡Sigue leyendo! 😉

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No, no me he tomado nunca un año sabático como tal.

Sin embargo, sí he experimentado en mi piel y en mi ser, los efectos de un viaje transformador que me rompió los esquemas y, con ello, me abrió a un mundo de posibilidades.

Como, a mi entender, justo esa es la gracia de un año sabático, aquí estoy para contarte mi experiencia.

El potencial que puedes extraerle al hecho de colocarte en un escenario en el que tus patrones automáticos de percepción y comportamiento, ya no te sirvan, es brutal.

Te obliga a crecer.

Así que vengo a recomendarte un viaje o una experiencia que te fuerce un poquito a extraer de ti nuevos recursos.

Un viaje que te saque de tu zona cómoda (o de confort) en la que te has apalancado y puesto el piloto automático.

Una vivencia que te arranque de las inercias de palabra, pensamiento y acción que has ido adquiriendo, perdiendo así la capacidad de estar presente; la facilidad de asombro y agradecimiento por las pequeñas cosas.

Un viaje que vuelva abrirte los ojos al brillo que tiene la vida de por sí, y que quedó oculto, con el ensordecedor ruido mental que dejaste que te invadiera (prisas, compromisos, preocupaciones, expectativas…).

En pocas palabras, una experiencia así es un puente de unión con otro “tú”, que quizá no conoces demasiado y que puede que acabe resultando ser más que “tú” que la persona con la que ahora te identificas.

Sé que esto, dicho así, suena raro.

Me estoy refiriendo, por supuesto, a las dos “entidades” que cohexisten dentro de ti: tu ego y tu esencia. Hay innumerables nombres para ambos, pero ya me entiendes.

Lee aquí más sobre el ego y cómo reconocerlo.

 

Año sabático

 

Creo que ha quedado claro, pues, que te recomiendo un viaje que te ponga un poco nerviosa.

Un viaje de esos que tu familia te desaconseja y hace que tus amigos te miren con una mezcla de preocupación, admiración y resentimiento.

No sé si has experimentado esa sensación. Pero para mí es inquietante y empoderante a partes iguales.

Depende de ti focalizarte en una de esas partes y expandirla en tu conciencia para que la otra quede reducida a su mínima expresión.

Como sabes, Cintia es una gran defensora del Año Sabático como experiencia transformadora y oportunidad de conectar con uno mismo a niveles inusuales, y centra su actividad profesional en ayudarte a dar ese salto.

Tiene mucho que decir y enseñar al respecto, pues lo ha vivido a lo grande.

Su vida y su proyecto, dan fe de las bondades de una vivencia así.

Redescubrió el mundo y a la persona que le devolvía la mirada ante el espejo. Por no mencionar que su cuerpo, a nivel de salud y vitalidad, también se lo agradeció enormemente.

Se abrieron nuevas puertas en su mente. Vivió experiencias tan ricas en matices que su conciencia se expandió para siempre.

Todos estos “milagros” tienen la pinta de haber quedado en el cajón del olvido si hubiera seguido con su vida estándar.

¿Mereció la pena?

¡Seguro!

¿Tuvo miedo?

¡Seguro también!

Si vives algo así, sabrás que eso te hace valiente ante posibles adversidades futuras. Te hace libre de limitaciones autoimpuestas.

Atraviesas una línea que no volverás a cruzar.

No me negarás que es un regalo que te apetece darte.

 

En mi caso

 

Puedo decirte que, por las características concretas de mi viaje (y sobre todo de mi situación en ese momento) éste fue uno de esos en lo que me di de bruces conmigo.

Fue de esos que, como te comentaba, te pone en jaque.

Sin embargo, viví momentos de epifanía en su transcurso, como nunca en mi vida.

Y por supuesto, no volví siendo la misma persona. Ni siquiera teniendo la misma vida. Pero eso te lo cuento un poco más abajo ;).

 

El fondo por encima de la forma

 

Como digo, yo no he vivido un año sabático.

Y me atrevo a hablar de ello. ¿Por qué?

Porque, para mí, lo que de verdad cuenta y tiene potencial para conmover tu vida, es el trasfondo de la experiencia y no la experiencia en sí.

Me explico:

He oído a muchas personas contar que se tomaron un año sabático, y no vivieron una experiencia como la que yo te estoy describiendo hoy.

Personas cuyo año sabático consistió en estar en casa sin trabajar, tirado en el sofá viendo la tele.

(Esta es la versión menos constructiva, al menos en apariencia).

Otras personas que cuentan que en su periodo sabático aprovecharon para estudiar o hacer cosas que normalmente no tenían tiempo de hacer, como dedicarse a sus aficiones.

Otros cuentan que viajaron, sí, pero en plan turista y cultural. O para aprender idiomas, tal vez.

¿Son éstos, ejemplos de la experiencia transformadora de la que te hablo?

¿Lo son de la metamorfosis que propone Cintia con todo su trabajo?

Pues no lo sé.

No creo que, con describir cómo fue esa experiencia por fuera, podamos saber cómo fue por dentro.

Es cierto que hay extremos. Por ejemplo, la primera opción que te expongo (ver la tele todo el día) no parece muy enriquecedora, al menos a priori. Aunque nunca se sabe.

Sin embargo, en general, estoy convencida de que todas esas experiencias pueden constituir una catarsis que conduzca a una toma de conciencia mayor.

Y también pueden dejarte indiferente en esencia.

Pero es que incluso varios años en la india de templo en templo pueden no haberte conmovido de manera profunda, sólo en apariencia.

Si bien es cierto que hay entornos más favorables que otros, lo que defina tu experiencia va a ser algo más que las características del viaje en sí.

Va a depender de ti al 100%.

 

“La puesta a punto” previa

 

Lo que va a ser decisivo en lo profundo de tu aventura, va a ser lo abierta y “preparada” que estés para ello.

Va a ser tu necesidad latente de crecer por dentro.

Van a influir tu situación previa y tu predisposición a dejarte tocar por la experiencia.

Son, a menudo, los casos de personas que salen de una profunda crisis vital y/o existencial. Personas que han tocado fondo y están listas para emerger a la superficie.

Personas que sienten que requieren sanar algo en su interior si quieren sanar sus vidas y, a veces, sus síntomas físicos (éste es, mayoritariamente, mi caso).

Personas que sienten que algo no va bien con ellas. Y que, al mismo tiempo, intuyen que hay otro modo de vivir.

Personas, también, que han descubierto que, si quieren nuevas oportunidades, deben soltar “lo viejo” de sus vidas.

 

El propio valor que se necesita para tomar la decisión, ya es una gran preparación

 

Supongo que lo has oído más veces para otros casos.

Siempre que te expones a vivir algo que te puede cambiar la vida, tu proceso de cambio y evolución, se inicia en el momento justo de tomar la decisión.

Y es que puede ser, de por sí, toda una odisea.

Puede que tengas que enfrentar dudas, miedos, culpas y riesgos reales.

Además, esos miedos, obstáculos y voces mentales de alarma, suelen subir el volumen hasta límites insospechados justo en los últimos momentos. Cuando estás a punto de dar el paso definitivo.

Todo parece verse más oscuro, al menos, en tu cabeza.

Es como si, esas “vocecillas”, pusieran a prueba tu compromiso.

Si saltas al vacío de todos modos, habrás ganado una batalla más a tu viejo “Yo”.

La transformación se ha iniciado y es irreversible.

 

 

Yo antes de mi aventura

 

Yo también tuve mi proceso de preparación previa. Aunque, en ese momento, no fui consciente de ello, claro.

En febrero de 2014 me vi sumida en una crisis personal que me afectaba a todos los niveles.

Una crisis como ya había tenido en otros momentos, pero con un rasgo diferente:

Estaba al límite de mis fuerzas. Estaba empezando a estar verdaderamente harta de sufrir y, en consecuencia, dispuesta a mandar al carajo bastantes cosas si era necesario para romper con mi dolor.

A grandes rasgos mi situación era ésta:

  • Me quedé sin trabajo (un trabajo en el mundo social que, por otra parte, ya empezaba a quemarme)
  • Volví a caer en viejas dinámicas tóxicas con mi nueva pareja
  • Tuve conflictos varios con familia y amigos
  • Empezó a no gustarme el lugar dónde vivía
  • Tuve una recaída bastante grave de una enfermedad supuestamente crónica que, por entonces, padecía.

 

La enfermedad fue el mayor detonante para mí

 

Hacía más de diez años que padecía unos dolores insoportables que me dejaban en cama por largos periodos de tiempo.

Y hacía unos cuatro o cinco que me habían dado un diagnóstico médico claro: Espondilitis anquilosante.

Yo era una friki del desarrollo personal desde la adolescencia, así que no me quedaba con la versión puramente científica, ni creía a pies juntillas, lo que la medicina alopática afirmaba de la enfermedad: crónica y con medicación únicamente paliativa.

Hacía muchísimos años que tenía bastante claro que mi enfermedad tenía mucho que ver con mis conflictos internos no resueltos.

Otra cosa era desentramar esos conflictos de manera concreta y llegar al fondo de la cuestión.

Tengo que decir que, a pesar de ello, sí había hecho pequeños avances.

 

Ya había hecho una pequeña parte del recorrido

 

Hacía un par de años que había dejado por completo la medicación y había abandonado el circuito médico.

No empeoré, como muchos temían, incluso mejoré un poco.

Los efectos secundarios de la medicación ya no me afectaban.

Además, las constantes visitas médicas ya no eran un insistente recordatorio de mi posición de paciente.

Así que empecé a soltar ese papel de enferma con el que me había ido identificando cada vez más en los últimos diez años.

Sin embargo, seguía teniendo recaídas incapacitantes de manera recurrente.

Cada vez iba dándome más cuenta de que estos violentos brotes aparecían un día o dos después de haber tenido un disgusto personal.

Iba tomando conciencia, pero no acababa de dar con la clave para detener el proceso.

En general, me hice más cargo de mi salud: modifiqué mi alimentación, hacía ejercicio moderado regularmente y algunas prácticas de bienestar interior (relajación, meditación, yoga…).

 

Había empezado a responsabilizarme de mi vida, pero necesitaba dar un paso más

 

Sin los pasos anteriores, y el trabajo de introspección hecho hasta el momento, dudo que me hubiera animado a coger el toro por los cuernos, como finalmente hice.

En mi caso, el detonante decisivo (o la puesta a punto para ese viaje) fue la enfermedad.

Podría haber sido otro detonante. En otros casos es una crisis de pareja, un cambio profesional, una depresión

Aunque, en realidad, fue una mezcla de todo eso, con la enfermedad como punta del iceberg.

¿Puedes ver como estaba bastante “madura” para vivir algo que me hiciera morir y renacer?

 

La decisión

 

Siempre digo que la toma consciente de decisiones es clave para empoderarte y tomar las riendas de tu vida.

(Bueno, lo digo desde ese “mi gran punto de inflexión”).

De hecho, acabo de lanzar un ebook sobre la importancia de aprender a decidir conectados con nuestra sabiduría interna.

 

Decisiones potentes de fondo

 

Para mí, las decisiones trascendentales de verdad, son las internas. Una vez más, tienen más que ver con el fondo que con la forma.

En mi caso, fue decidir llegar al fondo de la cuestión de mi enfermedad, escarbando en mi interior y haciendo los cambios estructurales en mi vida que hicieran falta.

Estaba dispuesta a hacer cambios drásticos, romper con todo lo que conocía… Lo que hiciera falta, si descubría que era necesario, para reencontrarme con mi equilibrio.

Al fin y al cabo, de poco serviría todo lo demás si no tenía salud.

Establecí nuevas y tajantes prioridades.

Es a este tipo de decisiones a las que me refiero.

No estaba decidiendo cómo hacerlo sino el qué hacer. No la forma sino el fondo.

Haría lo que hiciera falta para llegar a mi objetivo: sanarme por dentro y por fuera.

Es cierto que luego tuve que tomar decisiones concretas para llevar a cabo mi cambio, pero éstas ya vinieron rodadas.

Lo primero fue tomar la primera decisión.

A esto le llamo la Gran Decisión, esa decisión raíz y fuertemente anclada por nuestro compromiso, que desencadena todas las demás.

 

Tus motivos

 

Si anhelas vivir un año sabático (de los transformadores, no de los “descafeinados”, claro) y, si estás leyendo este blog es muy posible que así sea, necesitas una Gran Decisión.

Y una Gran Decisión siempre tiene un motivo de fondo. Un porqué o, mejor, un para qué, más grande que las simples ganas de vivir una experiencia chula.

Un motivo más grande, casi que tú misma.

Ha de brotar de ti (y aquí me pongo un poco mística) un anhelo de tu alma de manifestarse y trascender limitaciones mundanas.

Con un para qué de ese calibre, todo puede ocurrir.

Te servirá, además, si acompañas tu trayecto de elementos tales como un gran compromiso, la filosofía del carpe diem bien integradita en tus valores y una buena dosis de confianza en ti y en la vida.

 

Ya estás encaminándote a tu aventura

 

Piénsalo así: Es muy posible que todo tu recorrido te esté llevando hasta ahí ahora mismo.

Tu dolor e insatisfacción previos, el anhelo de tu alma de crecer, el contacto con este blog, la lectura de este post…

Puede que todo ello esté confabulado para llevarte al que, aunque no lo sepas, es tu destino. Puede que el dolor sea el motor que te dé fuerzas.

¿Quién sabe? ¿Sientes el cosquilleo de la emoción al pensarlo?

Plantéatelo y abre esa puerta en tu mente.

Yo, personalmente, tres años después de mi viaje, sigo dándole las gracias cada día al dolor (físico y emocional) que me empujó a colgarme la mochila a la espalda.

 

Céntrate en tomar esa Gran Decisión interna, sin forma, y el resto le seguirán

 

Si tomas una importante resolución interna, con un gran motivo de fondo, ten por seguro que la inspiración no tardará en atraparte.

Encontrarás la manera de llevar a cabo tu propósito.

Los “comos” aparecerán ante ti sin demora en forma de ideas, oportunidades, extrañas “casualidades”.

No lo dudes.

Céntrate en hacer tu parte y el resto déjaselo al Universo.

 

Cómo lo hice yo

                                                                                      

Como te explicaba hace un momento, me vi sumergida en una crisis que arrastró al fondo del pozo.

Con respecto a la enfermedad, me veía impotente. El brote duraba muchas semanas y no parecía remitir.

Me planteé, por primera vez, tramitar la invalidez profesional permanente.

Hubo un momento de total rendición. No sabía lidiar con esto.

 

Morir para renacer

 

Es curioso, pero ese sentir que todo se acababa, que ya no merecía la pena luchar ni buscar al siguiente médico alternativo de turno, resultó ser territorio fértil para sembrar nuevas “semillas”.

Recuerdo ese día en el que me fui a dormir completamente rota, y me desperté con una energía que no me la acababa.

Tenía una lucidez mental inusual y fui capaz de encajar varias piezas de un mismo puzle que llevaban delante de mis narices un tiempo, pero no me había dado cuenta.

 

De repente, todo encajaba

 

No quiero entrar en detalles para no extenderme demasiado, pero te cuento que se dio una ráfaga de sincronicidades que no había percibido hasta ese momento.

Por encima, te cuento que tuvieron que ver con la visita de un familiar de Madrid (yo soy de Barcelona), el libro Un Curso de Milagros, la bioneuroemoción, y un viaje para mí pendiente: El Camino de Santiago y alguna que otra cosa más.

El caso es que finalmente pude hacer una asociación concreta de mi enfermedad y mi estado interno. Y no lo entendí sólo intelectualmente, sino que hice una profundísima toma de conciencia.

Algo que va más allá de las palabras.

Puedes distinguir una revelación de este tipo porque sentirás un flujo de energía casi desbordante. Ideas nuevas y ganas de comerte el mundo.

 

Y tomé mi Gran Decisión

 

Me iba al Camino de Santiago, sola y sin teléfono. Y lo haría en esa misma semana (recuerda que apenas salía de un brote atroz y caminaba con grandes dificultades y dolor).

Necesitaba estar a solas conmigo. Hacer balance de ciertas cosas lejos de condicionamientos sociales (por eso me alejaba de mi entorno).

Necesitaba también mirar de frente a este Dragón Rojo que era para mí el dolor físico y hacerle saber que ya no iba a huir más de él.

Era invierno, llevaba una mochila con diez kg. (en esa época necesitaba más equipaje) y tenía ochocientos kilómetros por delante.

Rompí con mi pareja (sin contemplaciones) e informé al resto de que estaría incomunicada.

Todos pensaron que estaba loca.

Mi madre incluso lloró.

Yo me reía, porque no sentía miedo. Lo haría y punto.

 

La última tentativa del miedo de paralizarme

 

El miedo volvió a visitarme, sin embargo, la noche anterior y la misma mañana de partir.

Fue un miedo paralizante.

Recuerdo estar en mi habitación a punto de salir y colgarme la mochila a la espalda.

Pesaba muchísimo y sentí dolor.

Me vi frente al espejo y sentí pánico. ¿Qué diablos estaba haciendo?

Seguí adelante y, tras ese momento crítico, me sentí más libre que nunca.

 

Mi camino

 

Te lo voy a contar muy resumidamente:

Mi Camino duró treinta y tres días. Los primeros diez fueron, físicamente, durísimos.

Yo, antes de salir, ya tenía un fuerte dolor en las lumbares y caderas. Eso hizo que pisara mal y me lesionara los tobillos, se me llenaran los pies de ampollas y me saltaran algunas uñas de los pies.

Cada noche en el albergue, cuando me enfriaba, no podía moverme del dolor y, en todo caso, sólo podía hacerlo marcha atrás (es curioso, supongo que así utilizaba otros músculos menos castigados).

Resultaba bastante cómico.

Además, tenía fiebre todas las noches y se me llenó la boca de llagas y ampollas.

Un cuadro.

¿Pero sabes qué? ¡Era feliz como una bendita enana!

 

Plenitud

 

No puedo explicar lo que sentía cuando caminaba, a pesar del dolor: Era libertad.

Era una fuerza absoluta que nacía del centro de mi corazón y me sentía capaz de todo.

Me enfrenté a mis miedos y a mis límites y eso me llevó directa a una íntima conexión conmigo; algo que nunca había experimentado.

Sentía el amor derramarse a través de mí y creo que andaba en estado meditativo espontáneo gran parte del tiempo.

Recuerdo que a veces necesitaba gritar de felicidad en mitad del camino. Procuraba hacerlo cuando no me vieran, pero sin demasiado cuidado.

 

Encontré una gran familia

 

Como no podía ser de otra manera, entablé amistades indestructibles en cuestión de días, diría que de horas.

El tiempo transcurría muy distinto. Una semana era equivalente a un año.

Y sentía que conocía a aquellas personas desde hacía años.

Grandes confesiones, grandes experiencias compartidas…

Aprovechábamos cualquier ocasión para jugar como niños, haciendo guerras de agua en una fuente o subiéndonos a una bala de paja gigante.

Me reía hasta dolerme la mandíbula, abrazaba con todo el corazón, comía con ganas y caía rendida en la cama.

Sólo había presente. ¡Qué sanador resulta liberarte de la esclavitud del tiempo mental! No pensar en el presente, ignorar por completo el futuro…

El día diez ya no sentía dolor y acabé mi camino con una forma física de hierro.

(De hecho, me considero oficialmente curada de mi enfermedad desde entonces).

 

Encontré el amor

 

Sí, ¡me enamoré!

¡Las primeras declaraciones de amor furtivas fueron el día cinco!

Compartimos todo el camino y sentía que nos conocíamos de siempre.

Después del viaje tuvimos que afrontar una situación complicada y muchos cambios, pero valió la pena. Vivimos juntos desde unos meses después de nuestro camino.

 

Mi vida cambió

 

Al cabo de muy poco de regresar de mi camino, me encontré con una vida nueva:

  • Me había liberado de mi enfermedad
  • Tenía pareja nueva
  • Vivienda nueva
  • ¡Estaba embarazada!
  • Y mi proyecto online empezó a fraguarse en mi cabeza
  • Prioridades distintas
  • Además de otros ajustes menores (algunos cambios de hábitos y relaciones).

 

El dolor es tu lanzadera

 

A menudo nos sentimos indignados y resentidos con la vida por los trances dolorosos que nos obliga a transitar.

Sin embargo, es bien cierto, que, sin esos trances, muchos de nosotros nos acomodaríamos en nuestras circunstancias insatisfactorias (pero soportables) y jamás avanzaríamos.

Es cierto que no siempre es necesario aprender a golpe de cruel sufrimiento, pero por lo general, las lecciones más valiosas, vienen de un dolor que nos empuja a movernos y a superarnos.

 

Un cuento para inspirarte

 

Había una vez un hombre que tenía un perro acostado en el suelo de madera de su casa.

El perro se movía inquieto y se quejaba.

Un amigo fue a visitar al hombre y le preguntó qué le ocurría al perro. A lo que éste contestó:

– Está acostado sobre un clavo que sobresale del suelo y le molesta.

A lo que el hombre contesta:

– Bueno ¿y por qué no cambia de lugar?

– Porque “le molesta lo suficiente como para quejarse, pero no lo necesario como para cambiar de lugar”.

¿Conocías este cuento? Es posible que sí.

¿Qué podemos sacar en claro de él que te sirva a ti?

 

¡No te anestesies más!

 

En cierto modo, y tomando la moraleja que nos deja la historia del perro y el clavo, quizá sea bueno que tu situación insatisfactoria te duela lo suficiente. Que se vuelva insoportable.

Quizá es buena idea que dejes de mitigar tu dolor con pequeñas cosas que lo hacen más soportable pero que no aportan una solución definitiva.

Parece contraintuitivo, pero es necesario para impulsar un cambio verdadero.

Aletargar tu malestar con pequeños autoengaños es pan para hoy, y hambre para mañana.

 

Un ejemplo real

 

Una querida amiga mía, hace cosa de un año, llevaba una vida muy insatisfactoria (sobre todo en lo profesional).

Y tuvimos una conversación en un momento dado que recuerdo perfectamente.

Hacía tiempo que había empezado a hacer pequeñas mejoras en su vida, como viajar y hacer actividades que le gustaban.

En un principio todo eso era bueno para ella, porque le sirvió para abrirse a nuevas realidades, aprender, etc.

Sin embargo, al cabo del tiempo, en esa conversación para ser exactos, lo vi claro:

No dejaba de despotricar de tu trabajo, el jefe y sus compañeros. Estaba amargada y no pensaba en otra cosa. Se notaba de lejos que se sentía profundamente atrapada.

Hacía tiempo de esta situación y yo la estaba alentando a tomar una decisión al respecto.

Le estaba intentando hacer ver que ella tenía la responsabilidad y el poder de cambiar las cosas.

Claramente, eludía la cuestión y volvía a su queja crónica.

Entonces, como para acabar la conversación, dijo algo así:

-Bueno, suerte que este puente me marcho de viaje a X (no recuerdo el destino). A ver si desconecto un poco. Ya lo estoy preparando todo.

Me di cuenta de que ese viaje, al contrario de lo que pudiera parecer, no le estaba ayudando en absoluto.

Ella ya necesitaba soluciones reales y estructurales, no ponerse una “tirita”. La situación la estaba envenenando.

Y ese viaje la ayudaba a soportarlo.

 

¿El post de hoy te ha servido o inspirado en algo?

 

Si te ha gustado el post AGRADECERÍA ENORMEMENTE que lo compartieras en tus redes sociales, ¡me han dicho que trae buen karma! 😉

Mil gracias por COMPARTIR LIBERTAD!- Cintia's Love in Action

 

¿Y tú?

 

Asegúrate de no estar tú haciendo eso. Y si lo estás haciendo, detente y reenfoca la situación.

 

¿Cuál es tu situación?

¿Estás tumbada encima de un clavo? ¿Y cómo de soportable es tu clavo?

¿Te has sentido identificada con algo de lo que cuento aquí?

 

¡Nos encantaría saberlo!

¡Te vemos en los comentarios! 😉

Cristina Hortal

Blogger y experta en autoconocimiento y conciencia at Cristina Hortal
Autora de este blog y de varios libros de la misma temática. Acompaño a personas en la toma de decisiones conscientes y valientes para que puedan guíar su vida hacia una coherencia mayor entre su ser interno y su vida cotidiana. Puedes empezar por aquí a afinar tu modo de decidir.
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